Club

 

San Isidro RC: Un Club con mayúsculas

No es difícil, para el creyente, hacer una defensa, encendida siempre, razonada a veces, del credo de su pertenencia. Sin embargo, el pudor natural, o la prevención ante el ojo crítico del ajeno a nuestras creencias, hacen al apologeta deslizar con cuidado su pluma por el papel -virtual- sobre el que vierte su alabanza. Que en este caso es cierta y merecida, como demostraré.

Tengo declarado que han pasado más de tres lustros desde que entré por vez primera en una melé (solamente he formado un par de veces fuera del lugar donde se detiene el tiempo) y desde entonces he pasado por cuatro clubes y algún equipo más, ya que los universitarios son otra cosa, aunque no ajena a la fe de Ellis.

Al nuestro, que ha sido el último, lo conozco desde 1993 y desde 1995 soy de su partida, así que algunas cosas puedo decir sobre el particular. Sabía ya de duros rivales -hasta entonces- que se habían unido al XV de la zamarra arlequinada, la del azul del cielo y el bermellón de la sangre. Ilustres rugbistas, concepto que no tiene siempre que ver con los laureles deportivos, que en lo nuestro trasciende tal contingencia. Venían unos de clubes humildes y otros de clubes con solera, pero en todos aquellos de quienes tenía referencia había alta calidad rugbística y claro juicio. Así que sabía de los fundamentos del club, cuidadosa y deliberadamente cultivados -con altibajos, como es el natural devenir de las cosas- por los fundadores, responsables de una impronta indeleble y guía para los sucesivos prohombres del club, que han sido muchos y aventajados. Por no olvidar a nadie a nadie mencionaré, que ellos ya se dan por aludidos. Pero lo importante no son los nombres, sino el bagaje que traían y el acervo que dejan (¡a las pruebas me remito!), que es el más fiel que conozco sobre la piel de toro -la hipérbole- a los mandamientos del revoltoso que tomó el balón con las manos, con el desdén que predica la marmórea losa, para fundar el noble deporte del rugby.

Un cúmulo de paradojas, el que nos une a todos. Porque es arriesgado decir que William Webb Ellis creara el rugby (la codificación de las reglas, para unificar las múltiples variantes conocidas a mediados del s. XIX, es muy posterior a 1823, fecha de acontecimiento y los escoceses también se atribuyen el mérito, por mediación de un tal Mackie) y porque es sorprendente que un club mesetario, parido por un argentino de Rosario y una cuadrilla de acólitos de diversa procedencia, observe con tanto rigor las generales de la ley, a saber: amistad, esfuerzo, entusiasmo y perseverancia y eso que ha hecho grandes y duraderas a las sociedades desde que los romanos formularan su idea de la política, tan presente entre la clase dirigente británica que forjó su carácter entre palos y palos: la suma de las capacidades de todos. En varios idiomas, añadiré, lo que, si no es infrecuente en algunos clubes de postín, en San Isidro ha sido nota destacada desde su fundación, que hemos disfrutado de los acentos del español de toda la Península y de este y del otro lado del mar, o del inglés de ambas islas, o el francés, más bien del sur, por no hablar de otros idiomas que no viene al caso detallar.

Y la diversión, claro, el aspecto lúdico ineludible. El que, desinformados, buscan algunos en primera instancia para encontrar luego, sorprendidos, ese entramado de relaciones personales que llevan al jugador de San Isidro a vivir una porción no menor de su vida cerca del club y de sus gentes. No hablo solamente de terceros tiempos, va de suyo. Ese plus que tiene continuidad fuera del campo de juego, más allá de las sesiones de entrenamiento, para el que quiere y puede, y con la implicación que su vida personal y profesional le deja. Iniciativas tan meditadas y tan ponderadas que, aun independientes, no dejan de tener su origen en el club y pregonan un compendio de valores. Así, la Fundación San Isidro. Para devolver a la sociedad una parte de lo que el rugby nos dio. Para contribuir a que eso que solíamos decir era distintivo del rugby sea una realidad más allá de la anécdota. En nuestro deporte y en nuestro club caben todas las morfologías, claro, pero también todas las capacidades.

Para la redacción de la historia del club quedan las gestas y las giras; las juntas y la relación de Presidentes; las clasificaciones; wanky y mil anécdotas en mil sitios, desde el sur de Francia, pasando por el gélido invierno de Alcester, las prácticas exóticas en torneos heterodoxos sobre arena de playa o en la lluviosa Groninga, sin olvidar las andanzas de los Old Lizards en las competiciones de vetustos, jovial excusa para reuniones de paleontólogos ovales; la entrega de los técnicos, las alabanzas y las reprimendas; las trovas musicadas y los villancicos overhundred; los ascensos y descensos; las lagartijas de todas las edades que de unos años a esta parte nos hacen ver el futuro sangre y cielo más alegre y prometedor que nunca. Todas esas historias quedan, digo, para otra ocasión, porque lo que hay que destacar ahora es el fruto que se recoge cuando se ha mimado y cuidado la siembra.

Por eso podemos celebrar el futuro que llega y que asegura que ese proyecto de club que corría arriba y abajo del Retiro no hace tanto, sea hoy más que una realidad. Bienvenidos y enhorabuena y gracias todos los que creyeron en que esto era algo grande, a los que han invertido miles de horas para hacer posible este presente, que produce buenos deportistas y mejores personas, gracias, en fin, al Club, que ya lo es con mayúsculas.

 

JA Molina – Alias “Phil Blakeway”