No contra los elementos

El domingo oficiábamos como club local. Todo lo local que un club puede ser cuando no tiene el campo en exclusiva, por cierto. Pero esa es otra historia. Ocurre que siéndolo la concurrencia aledaña, presuntamente adjetiva, suele ser más nutrida. Se pueblan las bandas de socios, veteranos, aficionados y otras especies que son propias de la fauna habitual de nuestra secta. En ese caso las crónicas bien pueden dividirse entre desempeño deportivo de los XV (en realidad XXIII) que se dejan el alma en la batalla y los parlamentos, atinados casi siempre, simpáticos, mordaces o indignados otras, que se suceden entre los habitantes de la banda.

Lo propio, va de suyo, es comenzar por el evento propiamente deportivo. El cronista llegó tarde (mea culpa). Justo cuando nos quedábamos en una primera minoría que si en lides políticas es obstáculo menor para urdir éxitos desde las sombras, en rugby, que es la vida de verdad, condiciona sobremanera. ¿Qué decir de los Mangas verdes complutenses? pesados delanteros y dispuestos, bien dispuestos sobre el pasto, sus tres cuartos. Unos y otros hubieran sido superados por los nuestros de no ser por los sucesos que tuvieron al ref como protagonista. Porque nuestro pack, mucho más feroz y dinámico, hubiera pastoreado a los suyos de no ser por esos acontecimientos, por más que anduvimos renqueantes en el lateral. Y porque el juego táctico de Eugenio, en igualdad numérica, hubiera desubicado y superado a sus tres cuartos.

 

Pero no fue así, y fuimos a remolque. Aunque defensores dignos de Numancia o Trafalgar, como las tribus celtas o los marinos de Churruca, nos llevamos la peor parte. Si, además, a Publio Cornelio Escipión le echa una mano Marte o con Nelson hace lo propio Neptuno, por capaces que seamos, la derrota es inevitable. Digna, pero inevitable. No creo que a Joaquín Rodríguez, ex jugador de la Escuela de Arquitectura y ex internacional español le haya comparado nadie con ningún morador del Olimpo. Yo tampoco, entiéndanme, es puramente instrumental para esta dolida narración y para hacer patente que se comportó, sin duda de buena fe, con la arbitrariedad que los aedos griegos atribuían a los dioses. No se rasguen las vestiduras: del referee se habla al igual que se habla con él. Es un mito eso de que no cabe discutir sus decisiones. No en el campo, claro, salvo el capitán que pide explicaciones y las acepta. Pero después, siempre que sea menester. Y digo que XV a XV y con una aplicación unívoca y constante (incluso aunque fuera la del reglamento de 1984) de la norma relativa a los agrupamientos en el suelo, la jornada hubiera sido nuestra. El acta es significativa a ese respecto: hasta el minuto 34 marchamos con ventaja (9 a 5, tres conversiones de golpe de Eugenio por un ensayo del rival), y al 42 ya en el segundo tiempo, con la carga de 20 minutos en minoría, se torna en atisbo de derrota con la segunda de sus marcas (descolocados los nuestros recuperando resuello), a la que seguiría una de castigo en el 54 (bien dudosa porque la disposición defensiva de los nuestros, ajustándose a las entradas repetidas por los laterales de los visitantes eran penalizadas sin que aquellas vieran castigo alguno) y después otros cuatro ensayos, siempre en juego abierto y cuando ya se habían unido a Cordero en el rincón de los pecados AJ e Isma (quien por cierto en el acta aparece solamente como expulsado temporal, para abundar en los errores del Sr. Rodríguez). Por nuestra parte solamente sumamos un golpe más, de Eugenio, para el 12 a 45 final.

Como el nuestro es un club jovial y de buen humor el tono general de la concurrencia espectadora, como marcan los cánones de bonhomía que nos caracterizan, se tomó las cosas con filosofía y buen ánimo. No flaquearon los ánimos ni dentro ni fuera del campo, aunque es cierto que fuera las cervezas ayudan, como los jugosos macarrones con boloñesa que se trasegaban algunos. Todo lo más, con la flema y distancia que dan muchas décadas que se acumulan en algunos, se apuntaba, como el dijera el Rey Prudente, que no habíamos enviado a los nuestros a luchar contra los elementos. Por lo mismo, como aquellos que regresaron a las Españas después del naufragio de la Felicísima Armada en 1588, habrá ocasión de desbaratarles otro día. Como lo fue Drake en 1589, pero nadie cuenta.

J-A (aka Phil)

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